En los años 70, la mayor pradera natural de Madrid, la del Pradolongo, corría el riesgo de convertirse en un auténtico vertedero y en pasto de la rampante especulación inmobiliaria.
Las asociaciones vecinales del distrito iniciaron, de común acuerdo, una campaña para convertir la pradera en un parque. Convocaron manifestaciones, llevaron escombros al Ayuntamiento de Madrid… obligándole a sentarse en una mesa de negociación. Corría el mes de enero de 1977.
El Consistorio accedió a la principal reivindicación: serían los propios vecinos y vecinas quienes diseñarían el futuro parque. Una inversión de 150.000 pesetas y el trabajo de elaboración y codificación de las asociaciones vecinales permitió llevar a cabo una encuesta en la que el vecindario trazó su sueño: querían un parque con especies vegetales autóctonas y zonas de juegos infantiles donde poder pasear, presenciar espectáculos y disfrutar de “un río con cascadas”.
El 7 de febrero de 1983 el alcalde Enrique Tierno Galván inaugura el parque, un pulmón verde de 87 hectáreas.